Reseña: 1984 - George Orwell (1949)



Este libro me esperó mucho tiempo. Lo tenía en mi biblioteca desde hace años y rodó por todo Bogotá desde el momento en que lo compré hasta que me decidí a leerlo el pasado mes de febrero. Asevero que rodó mucho, porque me cambié varias veces de casa y aun así sobrevivió a muchos trasteos.

Al pobrecito no le ha tocado fácil conmigo y debo asegurar que tampoco me ha tocado fácil con él. Cuando iba leyendo las primeras páginas, mi pluma de tinta azul decidió explotar espontáneamente en el interior de mi maleta arruinando los bordes de algunas de sus páginas y otras cosas, pero sorprendentemente dejó intacto su contenido, como si mágicamente mi pluma me dijera: “ahí te lo dejé limpio en las partes importantes para que le pongas cuidado y lo leas bien”. Antes de continuar debo confesar que cuido mucho mis libros y eso les puede dar una idea de lo terrible que me sentí cuando lo vi manchado, adicionalmente cabe anotar que el resto de mis cosas quedaron llenas de vetas y puntos azules, como un recordatorio permanente de mi descuido y mi falta de suerte.

Que mi pluma lo “estropeara” me permitió darme licencia para resaltarlo (si, profanarlo) y subrayarlo de vez en cuando, porque en muchos momentos me fui dando cuenta que es más una guía para el mundo moderno que un libro de ficción en sí; parece el perfecto manual de instrucciones para un presente horrible o un futuro fatal y fue precisamente la idea de “presente horrible” lo que me motivó aún más a leerlo; solamente porque tengo la impresión que, de un momento a otro, todos los países del mundo se han puesto de acuerdo y han decidido hacer del 2019 un año terriblemente incoherente e inolvidable.

Es un libro que muchas personas recomiendan, muchos me dijeron: “¿cómo es posible que no lo hayas leído?” y otros tantos asumieron que quizá no era la primera vez que lo leía (por esa idea poco acertada de que he leído miles de libros en mi vida), pero creo que tenerlo tanto tiempo en el estante fue más bien un descuido in-intencionado que un deseo de no leerlo. Orwell ha sido tan paciente conmigo que quiso esperar todo este tiempo hasta que estuviera preparada para recibirlo y no enloquecer en el intento.

El momento exacto en que decidí que ya no le daría más largas a mi compromiso de sacarlo del estante, fue cuando terminé de ver un documental en Netflix llamado Icarus de Bryan Fogel (que incluso se llevó el premio Óscar en 2018). A primera vista podríamos afirmar que nada tienen que ver los esteroides, el control anti-dopaje y Lance Amstrong con lo que plantea Orwell en 1984, pero estaríamos tremendamente equivocados; solo que en Icarus el protagonista de la historia no es Winston Smith sino un Ingeniero Químico llamado Grigori Ródchenkov. Si no lo han visto, por favor no duden en incluirlo en sus listas de favoritos.

Las distopías son increíbles por el solo hecho de ser pesimistas. También son increíbles porque seguimos pensando que son producto de la imaginación, que son solo sociedades ficticias en sí mismas que plantean una serie de conflictos y pues aquí es donde hemos sido ingenuos. Considero que son posibles resultados de problemas que se han gestado en la historia y que se gestan en la actualidad y por eso el hecho que sus autores también sean pesimistas no es casualidad. En 1984, Winston Smith representa el papel de cada uno de nosotros, en cualquier aspecto de la vida. Es un tipo promedio, que vive en un sistema establecido bajo ciertos estándares, normas o condiciones y casualmente (en los futuros distópicos nada es casual) hace parte del mismo sistema, es un tipo que piensa un poco más que los demás, pero vive con miedo que quienes le controlan se den cuenta y además ingenuamente cree que puede escapar del establecimiento (en el libro se denomina: El Partido).

A simple vista no habría nada raro, todo es producto de la ficción; pero cuando empiezas a leerlo sabes que el mismo autor está mostrándote un contexto, basado en hechos casi reales, donde las libertades se han alterado debido a un minucioso proceso de modificación del que considero, es el aspecto más importante de la humanidad: el lenguaje.

Esto debo decir fue lo que más me impactó de la historia. Si bien la fórmula planteada por Orwell a través de la figura del Gran Hermano, que con su ojo todo lo vigila es bastante espeluznante, personalmente considero que ha sido más aterradora la técnica utilizada por el "Partido" para suprimir el lenguaje en todos los niveles, tanto así que quienes controlan el sistema pueden suprimir y modificar la historia con sus hechos y sus actores a su antojo, pueden moldear los intereses del gobierno y de las personas y como consecuencia, logran suprimir o alterar las dudas, influyendo y modificando el pensamiento individual.

Esa alteración impacta todos los niveles de la sociedad afectando los intereses de las mismas personas que hacen parte del Partido, pues en el proceso y con el paso del tiempo, dichos intereses individuales se van desdibujando y se van volviendo colectivos; coexistiendo de forma peligrosa con un persistente anhelo por una vida diferente, sin la certeza de saber si se trata de amores imposibles, deseos prohibidos, canciones olvidadas, libros perdidos y el olor a un buen café, perdiendo la capacidad de poder recordarlos debidamente y que vistos desde ese presente parecen solo sueños e incluso alucinaciones.

La “Nuevalengua”  es el paso fundamental para el cambio de lenguaje, pues como ahí mismo se menciona, su objetivo final es reducir el alcance del pensamiento. Modificar el significado de las palabras para influir en el pensamiento de las personas a través del control de las emociones y no de la razón es una técnica efectiva de control y manipulación (sobre todo cuando se propone infundir miedo), tanto así que cuando se menciona que “la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud y la ignorancia es la fuerza” éstos no son solo lemas del Partido, son estamentos que rigen las condiciones de vida de todos y cada uno de los habitantes de Oceanía.

El control de las emociones más básicas del ser humano a través del lenguaje. ¡Wow!. Orwell si tenía clara la fórmula que muchos llevan buscando y que otros se han demorado en encontrar. Si ahondáramos un poco más de lo debido, la emoción primordial que más mueve a los seres humanos no es el amor, es el miedo. Por miedo somos capaces de hacer lo que nos obliguen hacer, decir lo que nos pidan decir y creer lo que nos digan creer. El corazón de las personas no es inexpugnable y la memoria no es involuntaria, porque para todo el mundo hay algo insoportable y por eso somos capaces de vencernos a nosotros mismos.

No hablaré de la historia de Winston ni de las afirmaciones de los miembros del Partido o de cómo era la vida en Oceanía, porque sería contarles todo el libro. Tampoco analizaré el trasfondo político de la estructura diseñada por el Partido y sus Ministerios para controlar el país porque sería meterme en cuevas tan profundas de las cuales quizá ni ustedes ni yo salgamos a flote. Mucho menos me pondré a comparar lo planteado por Orwell con lo que sucede en la actualidad pues es un ejercicio que resulta inevitablemente natural en la medida en que avanza la lectura, así que en conclusión lo consideré innecesario. Solo pretendí destacar lo que más me impactó de esta historia, porque el lenguaje sí es uno de los problemas de la humanidad, es quizás uno de los más importantes y al que pocos hemos prestado el cuidado que merece.

« -Faltan un par de minutos para que te vayas –dijo O’Brien-. Hasta la vista… si es que volvemos a vernos…
Winston alzó la mirada hacia él.
-¿Dónde no hay oscuridad? –dijo en tono dubitativo.
O’Brien asintió sin sorprenderse.
-Donde no hay oscuridad –respondió.»

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